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“Encina de oro” – Diario de León (Eduardo Aguirre)

Fuente: Diario de León. 09.12.2011

Otro adiós inesperado, otro trueno. Tenía nombre de árbol, pero ella sola era ya todo un bosque. Firme como un roble. Noble como un chopo. Humilde como una brizna de hierba. Ha fallecido Encina Cendón, presidenta de la Asociación para los Estudios de la Represión en León (AERLE). Dicha asociación surgió de una tertulia sabatina de amigos en una cafetería, en la que participé no tanto como me hubiese gustado. La fotografía que publicaba este periódico le hacía justicia, pues así la recordábamos y la recordaremos: sonriente. Reivindicaba una memoria histórica basada en el sentido común y en la verdad. Jamás la escuché un comentario que pudiese ser calificado de revanchista. Lo suyo no era abrir heridas, sino curarlas, ayudar a que cicatrizasen, aunque fuese en los hijos, nietos o bisnietos de las víctimas. Y tenía el tesón, las convicciones y el corazón para poder descender a los infiernos del pasado sin que se le oxidase la ternura. Hay que llevar dentro mucha bondad para leer a diario expedientes de ejecuciones e informes de depurados, y mantener esa sonrisa limpia a la que me he referido.

Le decía: «A mí me interesa la guerra civil como una historia de las conductas, y que se me cuente con piedad». Ella sonreía, pues aun comprendiendo el espíritu de mis palabras, incluso quizá compartiéndolo, había constatado, mucho más allá de lo que inicialmente esperaba, la existencia de aquello que Kurtz, en El corazón de las tinieblas, definió como «el horror». Y pese a todo, siguió siendo siempre una encina de ramas doradas. Felipe fue su raíz. Inseparables. Ambos se mostraban siempre muy orgullosos de los logros profesionales de su hijo como investigador. Todos estos adioses que vienen cayendo sobre nosotros, como una lluvia repentina, nos llegan en un momento en el que más necesitamos la presencia de los mejores. Pero no es la amistad lo que está en crisis. Esta es una ciudad pequeña, donde cada día se produce en plena calle el milagro de un encuentro feliz. Con Encina ya no será posible, no al menos de la misma forma. Nos enseñó que los árboles también sonríen, incluso aquellos que conocen, como en su caso, la triste historia que ocultan muchas cunetas. Adiós, amiga. Aquí estamos, Felipe.